La importancia de dejar huella en tu vida
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El podio de los triunfadores

 

 

 

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29.04.2021
Jesús Portilla
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Foto Karosieben-Pixabay

Vivir con la verdad en un mundo de mentirosos es difícil, porque la mentira se ha convertido en costumbre. Parece que hace más daño la verdad, sin darnos cuenta que la mentira es una torpe debilidad del cobarde. 

En este mundo la honestidad suele generar menos ganancias que la mentira, y cuando solo se busca el interés propio, la mentira es mucho más socorrida porque camina mucho más deprisa que la verdad.

Decía Mahatma Ghandi: Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira. El problema es que casi nadie quiere ser vencido, la mayoría ansía ganar y lamentablemente parece que hay muchos que prefieren taparse los oídos ante la verdad. La verdad puede doler mucho, pero es un dolor mucho más sano y llevadero que la mentira.

Si nos paramos a pensar, la costumbre de mentir por todo y para todo está en boca de la gran mayoría, mintiendo por cualquier tontería, evitando que la verdad sea la causante de preguntas que no apetecen responder porque podría acarrear demasiadas explicaciones.

¡Después lo miro!; cuando sabes que no lo vas a mirar. ¡Te llamo más tarde!; cuando no tienes ningún interés en hacerlo. ¡Tengo que ir a ver a mi madre!; cuando la verdad es que no te apetece nada salir con esa persona. ¡Revisaré lo de tu sueldo!; cuando ni lo vas a hacer ni te importa. ¡Es el mejor producto para usted!; cuando sabes que que no es lo que necesita esa persona. ¡Déjalo en mis manos!; cuando sabes que ni lo vas a hacer y que además tendrás que inventarte después otra mentira.

Podría poner mil ejemplos que todos vivimos y que con una verdad no se generarían falsas expectativas en nadie, esa persona no perdería el tiempo y posiblemente daría un giro o emprendería él mismo una acción que le llevaría a la solución de su problema.

La verdad no mancha los labios de quien la dice, sino la conciencia de quien la oculta. La verdad puede llegar a ser cruel, pero si es así, ¿cómo podríamos definir la mentira? ¿No es mucho más cruel engañar? ¿La repercusión de la mentira no será siempre más gravosa que la dura realidad de la verdad?

Decía Mark Twain:  si siempre dices la verdad, no tendrás que recordar nada. Porque la mentira requiere tener una gran memoria y al mentiroso le plantea un grave problema: El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera (Alexander Pope).

¿Y no es mejor quedar mal por decir la verdad, que perder la confianza de alguien por sostener una mentira? Di la verdad o alguien la dirá en tu lugar. Y eso siempre será peor porque llegará tarde y cuando menos se espera.

Una verdad puede hacerte llorar unos cuantos días, pero una mentira te marca para siempre.

A la Verdad se llega no solo por la razón, sino también por el corazón. Cosa que no se produce con la mentira. Esta nunca puede salir del corazón porque siempre esconde algún interés, aunque sea mínimo.

Dice Alexandru Vlahuța: La verdad espera. Solo la mentira tiene prisa. Tiene prisa para conseguir ese fin pretendido. Tiene prisa para evitar explicaciones . Tiene prisa para ganar tiempo. Tiene prisa sobre todo, para que no se descubra primero la verdad.

El hombre que no teme a la verdad, no tiene nada que temer de las mentiras (Francis Bacon).

Y lo grave ya no es mentir, sino que una mentira repetida suficiente número de veces se acaba convirtiendo en verdad para la mayoría. Porque además parece aceptarse más esa mentira repetida, que detenerse en investigar la verdad. Porque investigar una verdad cuando la mayoría ha creído esa mentira, puede crear conflictos que esa gran mayoría procura evitar aunque sean para un bien mayor. ¿Pero un bien mayor para ojos de quién?

 Si contáramos la cantidad de veces que se miente cada día, posiblemente nos daríamos cuenta del por qué de tantas cosas que suceden a nuestro alrededor. Lo grave es que unos y otros vamos entrando en la rueda de practicar este «deporte» de la mentira como otra costumbre más que se ha impuesto, y a la que parece que nadie le da importancia, excepto cuando uno se ve afectado seriamente. Lo demás, son «mentiras piadosas» que pensamos que no hacen daño a nadie, porque todo el mundo las dice, porque parece que decir la verdad no se lleva y porque —como decía antes—, uno ha llegado la convencimiento que esta hace más daño.

La mayoría de la gente está encadenada y presa por la mentira, sin darse cuenta que en la Verdad está la libertad. Las mentiras siempre condicionan y atrapan para obtener el bien deseado, un bien deseado que la verdad destruirá más tarde o más temprano. Porque como decía Napoleón: El mal de la mentira es semejante a la mancha de aceite: deja siempre huellas.

Pero el castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad (Aristóteles).

La mentira te mantiene preso. La Verdad te hará libre. Amad la Verdad.

Muchas gracias por estar aquí y compartirlo. "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz""Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"

11.04.2021
Jesús Portilla
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Hacernos pequeños, para ser grandes.  Seguramente todos hemos escuchado estas palabras, la hemos leído en la Biblia o tal vez alguno de nuestros profesores o familiares cercanos nos las ha transmitido con su gran sabiduría. ¡Pero qué difícil es entender esto y qué pocos lo llevan a cabo cuando lo que se ansía es el gran poder! ¿Cómo uno va a ser grande haciéndose pequeño? ¿Cómo uno va a ser el primero, mostrándose el último? ¿Cómo se puede conseguir «destacar» practicando la humildad? ¿Cómo se puede ser feliz haciendo felices a los demás?

Humildad no es pensar que eres menos, es no creerte más.

Para ello debemos comprender que la verdadera humildad no va de abajo arriba, sino de arriba abajo. No consiste en que el inferior reconozca la supremacía del superior, sino en que el superior sepa inclinarse con respeto ante la inferioridad del otro (comentarista Oración y liturgia).

Es muy difícil de entender porque para ello, hay que practicarlo. El entendimiento solo es posible cuando estos pensamientos «filosóficos» los ponemos en obra y los llevamos a la acción.

Es muy difícil porque en este mundo que vivimos y que hemos construido entre todos, lo que se anuncia, lo que se vende, lo que se transmite y sobre todo lo que se practica, es totalmente lo contrario. La grandeza, el poder, el éxito, el dinero, el estatus social pasa por estar frente a los focos, en los titulares de las noticias, en la boca de los supuestos «influencer» o en el centro de las reuniones.

Pero no hace falta ponerse de rodillas para hacerse pequeño, esconderse en la sala de reuniones, ser el que enciende las luces o el que empuja el carro de la basura. Es solamente pararse y el bien hacerlo bien.

Queda muy claro en estas palabras que transcribo de la meditación del Padre Raúl Romero López, del Jueves Santo pasado:

Jesús se puso a secar los pies.

No era necesario, pero es el detalle, el querer terminar la obra buena, el culminar… No podemos dejar las cosas a medio hacer, a medio acabar.  El bien hay que hacerlo bien…En la vida todo lo dejamos a medias, sin terminar, cuando lo que hacemos, lo hacemos sin amor.

El médico deja las cosas a medio hacer cuando se limita a recetarnos medicinas… Tiene que querer a sus enfermos, tratarles con cariño. Aquello que antes llamábamos “médico de cabecera”. El que no sólo cura sino cuida. El que no sólo pone las gomas para auscultar el órgano del corazón sino sus latidos profundos, sus sentimientos más íntimos. 

 El maestro no debe limitarse a impartir unas clases y esperar el fin de semana o las vacaciones…  Tiene que querer a los niños. Y el niño es niño no sólo en la escuela sino también en la calle. Qué bonito cuando los niños se acercan a sus maestros a saludarles con cariño.

El sacerdote no se limita a hacer bien los actos del culto en la Iglesia. Tiene que querer al pueblo, a los feligreses y sentirse hermano entre hermanos… El sacerdote que, como dice el Papa Francisco, unas veces, va delante de las ovejas, otras en medio y también detrás. Delante porque siempre se adelanta cuando hay algún problema, o hace falta hacer algún servicio urgente. En medio, con olor a oveja, caminando con el pueblo en lo bueno y en lo malo: compartiendo el pan duro y amargo de los días de luto y también el pan blando y crujiente de los días de fiesta.  Y detrás porque siempre hay ovejas débiles que no pueden seguir al rebaño; ovejas recién paridas que tienen que cuidar a sus corderitos. El sacerdote, lejos de ser una carga para la comunidad, ayuda a llevar la carga de los demás.

Los hijos que atienden a sus padres ancianos por “obligación” por el qué dirán… entonces los padres se sienten que son estorbo y sólo piensan en morirse para no dar mal…Hay que hacerlo todo con cariño. Siempre recordaré las bonitas palabras del padre de un amigo sacerdote que iba todos los domingos a ver a su padre anciano, en silla de ruedas, cuidado por su hija y nietas: “La verdad que yo me moriría y no sería un estorbo para vosotros…pero ¡Me queréis tanto!”

Hablamos del médico, del maestro, del sacerdote, de los hijos, de los padres; pero cada uno de nosotros allá donde estamos, ¿qué hacemos? ¿Hacemos bien el bien? ¿O como se comenta en la reflexión, todo lo dejamos a medias, sin terminar y sin amor alguno? 

Cuesta tan poco entregarnos de verdad a quien tenemos delante simplemente haciendo bien lo que tenemos que hacer bien. No terminamos de entender que el trabajo es servicio, es dar lo que hemos recibido: nuestras capacidades, dones, cualidades, sabiduría, experiencia, habilidades. El trabajo es hacer el bien, un bien que alguien necesita y para ello hay que hacerlo bien, abajándonos y poniéndose al nivel de quien tenemos frente a nosotros, para escucharle y atenderle como se merece y como es nuestro deber. Y esto no es cosa del aprendiz, del maestro o del gran jefe; es una obligación de cada uno y con la función que desarrolle.

Hacernos pequeños para ser grandes y poder ver desde la humildad, desde la escucha, desde la generosidad, desde el amor. Para ver desde el bien, lo que está bien.

Muchas gracias por estar aquí y compartirlo. "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz""Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"

24.03.2021
Jesús Portilla
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Decía Aristóteles: El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona. Pero en el mundo en el que vivimos hay pocos que duden y reflexionen, más bien crece cada día el número de ignorantes que afirman y dicen saber de todo y como tal, discuten y cuestionan todo. Su mayor enciclopedia es la televisión, las redes sociales, lo que alguien ha dicho, lo que han creído entender y que una gran mayoría comparte sin saber de dónde viene y por qué.Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Parece ser que es una frase de Sorcha Carey, que confirma que no sabemos nada y que tenemos mucho que aprender y no precisamente en esas grandes enciclopedias que he referenciado en el párrafo anterior. Por eso también comenta Johann Kaspar Lavater: Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir. Lo que pasa es que lo de preguntar razonablemente, no es una acción que se practique porque «uno ya sabe la respuesta», aprendida en ese «altavoz popular» que grita cada día a nuestro alrededor allá donde estemos. Tampoco merece la pena escuchar con atención, porque «perder el tiempo» en averiguar lo que puede ser verdad, no es necesario porque ya se tiene la verdad. Por supuesto lo de responder serenamente y callar cuando no se tenga nada que decir, tampoco procede, porque todo merece una respuesta acusadora que impide callar al «tener siempre algo que decir».El verdadero saber, es saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se saber. (Confucio). Por eso también afirmaba Sócrates: La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia. Ignorancia que reconocen muy pocos, porque para reconocerla tendrían que conocer la virtud de la humildad y eso es una cosa de la que actualmente adolece el ser humano, porque esas «grandes enciclopedias del saber», la confunden con la debilidad, falta de carácter, falta de autoridad y por ello, incapaz de «engañar o manipular» para sacar los mayores beneficios.Como dice un proverbio chino: El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él. ¿Y cuánta cantidad de necios proliferan, que con el cuerpo lleno de hormigas se las dan de sabios, dando explicaciones «perfectamente documentadas»  para su absurdo comportamiento y los beneficios que aporta el mismo? Porque, El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca. (Immanuel Kant).Y es que, mientras los sabios buscan la sabiduría, los necios piensan ya haberla encontrado (Napoleón I). Es su propia sabiduría, la de «hago esto porque me da la gana». Y claro, por no dar su brazo a torcer y reconocer lo confundidos que están, pues siguen por ese camino totalmente equivocado y procurando ser el «influencer» de los demás, para ganar seguidores de la estupidez.No hay que confundir nunca el conocimiento con la sabiduría. El primero nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos ayuda a vivir. No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer. (Goethe).Como comento en el párrafo anterior, tal vez ese pueda ser uno de los grandes problemas actuales, que muchos creen que la sabiduría es el conocimiento intelectual y la sabiduría —bajo mi punto de vista—, es conocimiento pero si se sabe aplicar a la vida y a las circunstancias que acontecen en ella en todos los ámbitos.Por eso alguien dijo que la sabiduría es el arte de vivir, de convivir, de compartir, de expresar el amor, de admirar la belleza a nuestro alrededor, de ver el interior de cada persona. ¿De qué te sirven muchos conocimientos si no sabes vivir?Para mí, la sabiduría es conocerte, descubrir tus dones y capacidades y ponerlos al servicio de los demás. Si solo sabes pero no lo compartes, ¿de qué te sirve?La sabiduría es descubrir el valor de la humildad, de la confianza, de la valentía, de lo importante. Es descubrir la importancia de las pequeñas cosas para engrandecer a los demás y a uno mismo.La sabiduría, es pararse a escuchar, a ver, a sentir y aprender con todo lo que llega a nuestro interior, para conocerse uno mismo y a los demás.La sabiduría es aplicar esos conocimientos transmitiéndolos a los demás con generosidad, con la experiencia y con el ejemplo. Esas son las semillas que debemos sembrar y la huella que debemos dejar a nuestro paso.La sabiduría es decidir y actuar con discernimiento, eligiendo siempre lo mejor y más justo para todos, apostando por la felicidad del mayor número de personas.La sabiduría es convertir la luz en la oscuridad, alumbrando las sombras del camino.En definitiva, en palabras del filósofo chino Lao-Tse: el sabio no enseña con palabras, sino con actos.El don de la sabiduría, es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios.Muchas gracias por estar aquí y compartirlo. "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz""Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"