La importancia de dejar huella en tu vida
La importancia de dejar huella en tu vida
 

Accede directamente al blog en este enlace:

El podio de los triunfadores

 

 

 

Aquí tienes las últimas entradas

 

 

12.02.2020
Jesús Portilla
Ningún comentario
Decía Aristóteles: somos lo que hacemos cada día, de modo que la excelencia no es un acto sino un hábito, siendo unos verdaderos triunfadores si cada día triunfamos. Esto parece que suena a la consecución de los objetivos, a éxito, a llegar a ser presidente de gobierno o lo más alto en la vida, sin detenernos a pensar que nuestro comportamiento nos define laboralmente, pero también como personas. Y es que hoy se habla de grandes profesionales, de grandes líderes, de grandes empresarios, olvidando completamente que ninguno puede ser un gran profesional si olvida lo más importante: ser buena persona y actuar como tal en las decisiones tanto laborales como personales. Porque si uno olvida el respeto, la ética, la honestidad y los valores humanos fundamentales, nunca se le podrá considerar un buen profesional. La gran empresa es la vida misma, ahí es donde se muestran los grandes profesionales del mundo que deberán saberla gestionar con las mejores acciones, para lograr el mejor comportamiento humano. Me decían en mis comienzos como empresario que en el mundo laboral tiene uno que dejar el corazón a un lado. Y eso es precisamente lo que ocurre ahora en cualquier negocio o entorno laboral donde tantos profesionales presumen de su éxito, ese falso éxito donde se ha dejado el corazón a un lado y donde no importan las personas ni los daños que les afectan. Hablamos de mejorar el mundo: el cambio climático, la inmigración, el hambre, la ecología, la alimentación, la medicina, la educación, el problema de la vivienda, el empleo, el salario digno, el maltrato, la explotación, y nada de esto puede cambiar si no cambiamos nosotros, las personas. El mundo lo hacen las personas, las empresas las hacen las personas y cuando uno deja de ser buena persona es cuando sus daños colaterales les afectan a todas las demás personas. Si preguntamos hoy a algún niño sobre qué quiere ser, todos o casi todos dirían que quieren triunfar en la empresa, en el deporte, en la música, en la medicina y nunca, y digo nunca, llegarán a triunfar si no son buenas personas, porque tendrán un título, un gran despacho, incluso saldrán en los medios de comunicación, pero no habrán triunfado de verdad en la gran empresa de la vida si no han aprendido a defender los valores humanos. Lo importante que uno puede llegar a ser no depende de la carrera, de los máster que hagas, de ser el número uno en ventas, de meter más goles que nadie, de cantar como un ruiseñor o presidir el gobierno del país. Lo importante que uno puede llegar a ser va a depender siempre de la huella que dejes grabada en tu andar por la vida, hayas ejercido la profesión que sea, los rascacielos construidos o el número de yates que tengas amarrados en el puerto. La importancia no está en el lugar que ocupo en la sociedad, sino en la actitud con la que vivo en la sociedad. La carrera es lo que estudias, la profesión es lo que haces, pero ni la una ni la otra decide lo que eres. Tu misión en la vida tiene que ver con el tipo de ser humano que eliges ser. (P. Juan Jaime Escobar). El mundo está como está no por falta de profesionales, sino por falta de buenas personas, por falta de ese gran corazón que parece haber desaparecido en el interior de cada uno, porque en el mundo de los negocios lo han dejado a un lado. Y ahora, en la era del negocio, de la especulación, de la explotación y de ese éxito del poder y del dinero, se ha perdido ese corazón fundamental. Los grandes y verdaderos profesionales de la empresa de la vida han desaparecido, porque no tienen eso que crea la felicidad o lo dejaron a un lado para tomar sus decisiones sin pensar en nadie, excepto en ellos mismos. ¡Qué error el de las grandes empresas que buscan profesionales «agresivos» y capaces de pasar por encima de cualquiera rechazando las buenas personas! Una buena persona siempre será un gran profesional, porque sus dones, capacidades y virtudes irán por delante siempre y en cualquier proyecto, consiguiendo la única y verdadera profesionalidad. Las buenas personas son los verdaderos profesionales porque no les guía ninguna ambición; porque tienen verdadero afán de servicio; porque buscan la calidad y la atención del cliente sin engañar creando así la fidelidad; porque saben escuchar y ofrecer lo que se necesita; porque conocen a sus compañeros o empleados; porque buscan el interés, el crecimiento de la empresa y la felicidad de los que lo integran; porque buscan la satisfacción del cliente; porque saben ayudar y ponen sus conocimientos al servicio de los demás; porque actúan con generosidad; porque regalan sonrisas a quienes se cruzan en su camino; porque trabajan y promueven la ilusión en la empresa; en definitiva, porque ponen el alma y el corazón en todo lo que hacen tocando de lleno a las personas. El corazón es el que ve, el que percibe, el que siente y el que decide ante las personas que tienes delante y el mundo está lleno de personas. El corazón nunca se puede dejar a un lado. El corazón siempre tiene que ir contigo para que ante la duda, siempre puedas preguntarle. La vida es la más importante y más grande empresa. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿La vas a llevar a la quiebra? Te han contratado en esta vida para que seas productivo y saques la mayor rentabilidad a tus acciones con los dones que te han dado. Lo importante que puedes ser, es ser buena persona allá donde estés. Ahí es donde reside la verdadera felicidad. Seremos triunfadores, si cada día triunfamos. Solo se puede brillar en la oscuridad con nuestra luz. Artículo inspirado en esta conferencia a los jóvenes del Padre Juan Jaime Escobar. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
29.01.2020
Jesús Portilla
Ningún comentario
Todos hemos tenido momentos en los que estamos hartos y no entendemos para qué debemos seguir. Muchas veces hemos querido abandonar, romper con todo, renunciar sin más y olvidarnos de nuestro sueño, de nuestro propósito, de nuestra acción o de nuestro trabajo que tanto tiempo y esfuerzo nos ha llevado. Es verdad que las fuerzas se acaban y la desesperación se apodera de nosotros cuando no vemos esa luz que venimos esperando. Pero es que el mundo confía en que nosotros perseveremos, mantengamos nuestra esperanza, nuestra confianza en nuestro esfuerzo, en nuestra dedicación y en nuestros actos que sin duda, darán su fruto. ¿Cuántas ideas, proyectos, inventos, no se habrían llevado a cabo si se hubiera abandonado? Pero era gente muy tenaz que permaneció en la perseverancia y en la constancia, confiando en sí mismos y en sus proyectos, siguiendo, siguiendo y siguiendo hasta que vieron los resultados. Seguro que les pasó lo que a nosotros teniendo momentos de abatimiento y desesperación, pero lucharon contra ellos y vencieron con la determinación de ver su sueño realizado. A pesar de los tropiezos se levantaron una y otra vez, día tras día, año tras año, prueba tras prueba y fracaso tras fracaso, cansados y hartos, pero firmemente convencidos de que el que persevera se salva, llega, lo consigue y triunfa. Porque hay que luchar con todas las fuerzas contra esa vocecilla o vozarrón que se apodera de ti cuando te ve cansado y abatido, para tratar de convencerte de lo inútil que es tu esfuerzo, de la pérdida de tiempo y de lo feliz que serías dedicándote a vivir la vida sin las preocupaciones por lograr esos propósitos «absurdos». Esa vocecilla es la que nos maltrata frenando nuestros dones, nuestras capacidades y nuestros valores, conduciéndonos a la renuncia por conseguir mejorar el mundo, levantar rascacielos, curar las enfermedades o ser mejores personas. Ahora no puedes abandonar, ahora no podemos abandonar, empezaste algo para darle sentido a tu vida y hay gente aquí, ahora o muchos años después, que espera de ti, de mí y de cada uno, para que el esfuerzo de esa siembra de sus frutos. No lo podemos dejar a medias porque los trabajos inacabados son los que no tienen sentido. Tenemos que pelearnos contra la vocecilla para vencer y triunfar. Nos están esperando y no les podemos defraudar. Allá, al final de la meta hay mucha gente que confía en nosotros, que lleva tiempo deseando vernos aparecer con ese regalo que venimos construyendo con nuestras manos desde mucho tiempo atrás, igual que otros lo construyeron para nosotros y lo pudimos recibir porque ellos no abandonaron. No te rindas cuando creas que ya te has cansado y no vale la pena continuar, pues ahí es cuando actúa esa vocecilla malvada. ¿Cuántos matrimonios, cuántos inventos, cuántas batallas, cuánto trabajo se habrían desperdiciado si hubiéramos abandonado? ¿Cuántas personas se habrían quedado esperando nuestra llegada? ¡Qué fácil es mandar todo al guano! Pero es que eso no hace feliz, lo que hace feliz es ser uno mismo, fuerte y valiente luchando contra las adversidades que se producen alrededor de lo más importante de tu vida, porque aunque no ganaras la batalla, siempre habrías dejado grandes lecciones para los que vienen detrás. Solo así se es feliz. Decía en un anterior artículo que te recomiendo leer: «Las grandes soluciones están sujetas siempre al grado de actitud y confianza en uno mismo».  «Hay semillas que has dejado, que dejas y que vas a dejar, que tienen que crecer».  «Puede que uno no sea el gran fuego ardiente que lleve calor, pero sí una pequeña ascua encendida». Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
14.01.2020
Jesús Portilla
Ningún comentario
Escuchaba el otro día en una meditación la importancia de ese látigo que nos despierta. Ese látigo que es como la colleja que nos hace falta para poner orden en nuestra vida, en nuestras relaciones y en nuestro trabajo, para darnos cuenta de lo verdaderamente importante y priorizando lo que hay que priorizar. Ese látigo que nos hace falta para reaccionar, para mejorar, para avanzar, para corregir, para ponernos en nuestro sitio. Y no es que me ponga violento demandando latigazos, pero es cierto que hasta que alguien no nos pone en nuestro sitio, nos dice la verdad y nos corrige, no reaccionamos y seguimos en nuestro empeño, en nuestra equivocación y en esa zona de confort que nos mantiene agustito y sin complicaciones . Por eso necesitamos salir al mundo exterior, ver, oír, sentir, para enterarnos de la realidad, de lo que sucede a nuestro alrededor, lejos o incluso muy cerca de nosotros. Necesitamos ese látigo que nos haga dar un brinco y preguntarnos: qué voy a hacer, dónde y cuándo. Los días van pasando y no vale el ya lo pensaré, ya lo decidiré o ya lo haré. Hay que despertar de ese estado de ensoñación que nos mantiene aletargados, inmóviles y pasivos en las cosas más importantes de nuestra vida, creyendo que siempre van a estar ahí y que siempre tendremos tiempo de solucionar. Es muy recurrente la excusa del trabajo, de la falta de tiempo, de los niños o del mal tiempo que hace. Pero ya no vale, ya nos lo hemos dicho muchas veces y así se lo hemos transmitido a todo aquel que se ha acercado a nosotros. Como dice Víctor Küppers: lo más importante, es que lo más importante, es lo más importante. Y ahí es donde tenemos que pararnos para pensar en qué lugar ponemos cada cosa en nuestra vida. Hablaba en un artículo anterior del trabajo y la familia y creo que este es un ejemplo importante a tener muy presente. Pero aunque para mí este es uno de los más prioritarios, no es el único, ya que nuestra situación en la vida, nuestra edad, nuestro momento o nuestras capacidades, talentos y dones, pueden exigirnos ese necesario despertar para movilizarnos y empezar, hacer, hablar, escuchar, estudiar o resolver eso que estaba ahí y que necesitaba de nosotros, de nuestra acción o de nuestra generosidad. Necesitamos ese látigo de cada día que puede ser la misma ducha o simplemente el lavarse la cara y mirarse al espejo cada día, si no tenemos a nadie que nos fustigue y nos ponga en el sitio que nos corresponde. Hay que decidirse a decidir adquiriendo el compromiso de hacer. Hay que marcarse objetivos para mejorar y crecer. Hay que sacar nuestro carácter y nuestra personalidad para saber decir que no. Pero igualmente hay que ser valientes para saber decir que sí. Tenemos un poder y una magia interior capaz de hacer realidad todo aquello que nos propongamos, pero hace falta proponérselo y si no damos el paso, tendremos que buscar ese látigo o ese alguien que nos empuje para saltar. El momento es ahora. Este es el momento perfecto. Tal vez te pueda ayudar este libro que publiqué hace ya tiempo dirigido especialmente a los jóvenes, pero de aplicación para todas las personas. Espero que encontremos nuestro látigo de cada día y que demos al mundo lo que necesita de cada uno. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"