La importancia de dejar huella en tu vida
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13.09.2019
Jesús Portilla
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En algunos artículos anteriores hablaba de la fuerza de la ilusión, así como de la importancia de la ilusión en el trabajo. Creo que es palpable que en general por esa falta de ilusión, por las circunstancias particulares de cada uno, por comodidad, por pereza o como simple excusa, cada vez la mediocridad reina más en el ambiente que nos rodea y en todos los ámbitos. Parece que cada vez hay más adeptos al movimiento «¡a mí que me importa!» al «¡qué más da!» o al «que lo hagan otros». La ley del mínimo esfuerzo se impone en la sociedad y raro es aquel que dé el cien por cien en sus responsabilidades sin que quede el egoísmo de por medio buscando el propio beneficio o interés personal. Empieza en la familia. Adoptando posturas cómodas en la relación de pareja y en la propia educación de los hijos, rehuyendo las responsabilidades que tiene construir una familia feliz, con la atención y cuidados para hacerla crecer en valores, desenvolviéndose en los límites de la mediocridad. Sigue en la calle. No queriendo ver, escuchar o sentir lo que sucede alrededor, siendo impacientes, intolerantes, irrespetuosos, maleducados y egoístas, porque resulta más fácil, necesita menos esfuerzo y lleva menos tiempo que ser una buena persona que defienda los principios fundamentales de generosidad, cordialidad, urbanidad, ética y civismo. Continua en el trabajo. Esa ley del mínimo esfuerzo asociada a esa falta de ilusión o simplemente al egoísmo personal de ocuparse solo de lo que verdaderamente le importa a uno y de lo que le va a proporcionar algún beneficio personal, le hace crecer cada día en mediocridad al mantenerse en la irresponsabilidad con las otras tantas obligaciones ligadas a su puesto y trabajo: el equipo, los colaboradores, los clientes, resolución de conflictos, gestión de recursos, defensa de intereses: mejora continua de calidad, servicio y atención, etcétera. Como decía un antiguo jefe mío, «ya que uno tiene que trabajar, da mucha más satisfacción hacer el trabajo bien que hacerlo mal». Igual que un médico no puede ser mediocre atendiendo a sus pacientes, tampoco lo puede ser un profesor, un arquitecto, un bombero, un pescadero o cualquiera que se nos pase por la cabeza, porque todos y cada uno de ellos sabe los que es y lo que significa un trabajo bien hecho y la gran satisfacción que uno siente en su interior cuando así lo ha hecho y cuando encima a quien teníamos enfrente, le hemos dado solución a sus problemas. Entre vecinos. Es una vecindad de «buenos días» y de «vaya tiempo que hace». Una vecindad de no importar hacer ruido y molestar porque «aquí hace todo el mundo lo mismo». Una vecindad de no pararse a preguntar, por temor a que le metan a uno en un compromiso. ¿Dónde ha quedado aquello de que el bloque de vecinos era otra familia viva y cercana con la que se podía contar? Incluso existe la mediocridad con los amigos. Los amigos no son solamente para cuando hace sol, también lo son para los días de tormenta, sintiendo de cerca su amistad, sus problemas, sus alegrías, sus éxitos, sus fracasos.  La amistad no está en la «nube», la verdadera amistad, la amistad plena se vive físicamente, en persona, cara a cara, todo lo demás es mediocre, falsa amistad. Es hora de salir de las sombras de la mediocridad, es hora de elegir. La vida nos hace continuos exámenes para detenernos y reflexionar sobre nuestras decisiones, nuestras acciones, nuestro trabajo, nuestro amor, nuestros valores y en definitiva, sobre nuestro comportamiento ante las diferentes circunstancias de la vida y ante las personas con las que nos hemos cruzado en ese caminar diario. Además, seguro que nos preguntará si hemos sido de los pasivos o de los activos; de los que siempre han estado esperando o de los que han salido a dar; si hemos estado en modo supervivencia o en modo crecimiento; o tal vez —si en nuestro caminar diario—, hemos construido puentes, tendido lazos y estrechado manos. Como decía en un artículo anterior, debemos ser expresiones visibles del bien. Hacer visibles las expresiones del bien tiene que ver con defender los valores, dejando un testimonio que se muestre en nuestras acciones, en nuestros gestos, en nuestra forma de hablar, de escuchar y de sentir, transmitiendo además paz y tranquilidad. Es hora de salir de las sombras de la mediocridad y dejar esa huella que haga brillar el mundo en el que vivimos. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
25.08.2019
Jesús Portilla
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Parece que uno se extraña cuando ve a alguien que hace el bien, es buena persona, habla con amabilidad y dedica una sonrisa o brinda su mano a alguien para ayudarle en lo que necesite. Estamos tan acostumbrados a ver las caras tristes y amargadas, a escuchar la protesta y la queja por todo, el desaire, el mal humor y la humillación, la crítica o la burla, que cuando hay una expresión visible del bien, nos sorprendemos y pensamos que esa persona es una santa o que no tiene ningún problema en su vida y regala su alegría a todos porque le sobra. Pero es que para dejar luz en el mundo debemos ser la expresión visible del bien. Debemos hacer que la gente se sorprenda con nuestra actitud y comportamiento ante las cosas y las circunstancias que se cruzan en nuestro camino y que además están ante los ojos de los demás. Debemos ser la expresión visible del bien, dar ejemplo y mostrar acciones que sean un excelente testimonio para que nos quieran copiar y ser mejores ante las situaciones que se cruzan en el camino de cada uno. Hacen falta verdaderos referentes. Hay que mostrar agradecimiento. Nada de pasar olímpicamente sin detenerse a reconocer el trabajo, el servicio o la atención de quien ha estado frente a nosotros pensando que solo era su deber. Debemos cuidar las críticas e incluso rehuirlas en los corrillos para no vernos mezclados en ellas. ¿Por qué no hablar de lo bueno y solo criticar lo malo? Si no, al menos, mantener nuestro silencio siempre será mejor. Seguro que deja huella en alguien. ¿Por qué no ser más pacientes y tolerantes? ¿Qué pasa que nosotros somos perfectos? ¿Hacemos todo bien? ¿Tanta prisa tenemos? Precisamente, el otro día iba conduciendo una de mis hijas el coche y se le caló un par de veces en un cruce. La mujer que iba detrás no contenta con ponerla nerviosa pitando, la adelantó toda furiosa y bajando su ventanilla la increpó. Imagino que podría haber tenido un mal día, pero no hubiera sido mejor para todos unas palabras como: «no te preocupes, tranquila, a todos se nos ha calado alguna vez». ¡Qué admirable  y qué buen ejemplo hubiera sido esa expresión visible del bien! ¿Por qué no defender y magnificar la familia y el amor sintiéndolo y compartiéndolo con los demás? Una chica, vecina nuestra y amiga de otra de nuestras hijas la comentaba: «¡Qué bien se les ve a tus padres, siempre juntos, de la mano y sonrientes!». Pensamos que no se nos ve, pero siempre hay alguien cerca de nosotros que se fija en nuestro caminar por la vida y qué mejor ejemplo es ese que puede crear una envidia sana alrededor y un ejemplo a seguir. Se necesita hacer visibles la expresiones del bien. Y por supuesto, no solo cuando conducimos nuestro coche o cuando paseas con tu pareja, sino en nuestro comportamiento allá donde estemos y con quien estemos: en el trabajo, en el supermercado, cuando viajamos, en la calle, con los amigos; siendo referentes que muestren la humildad, la tolerancia, la generosidad, el bien hacer, la escucha con atención, el civismo, la educación, el respeto... La expresión visible del bien tiene que estar en cada una de nuestras acciones, abandonando el egoísmo, la dejadez y el menosprecio hacia todo aquello que parece no tener importancia alguna, no ser cosa nuestra o que simplemente otros ya solucionarán. Hacer visibles las expresiones del bien tiene que ver con defender los valores dejando un testimonio que se muestre en nuestras acciones, en nuestros gestos, en nuestra forma de hablar, de escuchar, de sentir, transmitiendo además paz y tranquilidad. Procuremos apartar de nosotros tantos ruidos que nos despistan y confunden, y prestemos más atención a todo aquello que viene del corazón. Hoy precisamente, escuchaba en una meditación unas últimas líneas apropiadas para este artículo: «Para sacar lo mejor de nosotros mismos, dediquemos un par de minutos al final del día para hacer un sencillo examen de conciencia haciéndonos solo tres preguntas: ¿Qué he hecho bien hoy? ¿Qué he hecho mal? ¿Cómo puedo hacerlo mejor mañana?» Hacer el bien puede que cueste más que hacer el mal, pero el beneficio que deje a tu alrededor siempre será mayor y te llenará de felicidad. No hay que dejar solo a los voluntarios que entregan con generosidad su tiempo y su vida a los demás,  nosotros también tenemos que ser expresiones visibles del bien que aporten luces brillantes al mundo con simples gestos. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
05.08.2019
Jesús Portilla
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Tengo que confesar que yo todavía no he recorrido ninguna de las rutas del camino de Santiago, aunque está entre mis objetivos y algún día podré contar mi experiencia. Pero nosotros, los que todavía no lo hemos recorrido, no debemos olvidar que tenemos un gran camino diario que andar. Incluso los que ya han peregrinado desde diferentes ciudades y han abrazado al Santo, creo que tampoco deben olvidarse de este otro camino que tenemos presente en nuestras vidas a diario. Este camino también empieza cuando despertamos cada día (incluso algunas veces en la misma noche) y no es que nos invite a hacer kilómetros sino que que nos obliga a dar un paso tras otro para cumplir con nuestras obligaciones para ese día, recorrer ese camino que también muchas veces se nos presenta duro y lleno de obstáculos y que fatiga nuestro cuerpo y nuestra mente. El camino de la familia, este importante camino empieza con los quehaceres diarios, exigiéndonos esos primeros pasos para abrazar a los santos que tenemos tan cerca de nosotros y que se han despertado a la vez; esos que más queremos y reclaman nuestra primera sonrisa del día. El camino del trabajo, donde debemos de poner nuestros dones y capacidades a funcionar, para sacar lo mejor de nosotros mismos con nuestros jefes, subordinados y compañeros, procurando dejar semillas a nuestro alrededor que den un gran fruto, anteponiendo el afán de servicio y el bienestar de las personas. El camino de la paciencia y tolerancia, procurando escuchar, entender y ayudar a quien se acerque a nosotros. El camino de la actitud, aceptando las circunstancias y obstáculos que se cruzan en nuestro caminar y cambiarlos, mejorarlos o solucionarlos con nuestro mejor proceder. El camino del silencio, que tan necesario es también en el día a día para reflexionar, pensar y tomar decisiones justas y no precipitadas. El camino de la amabilidad, deteniéndose con esos «otros peregrinos» que pasan frente a nosotros y que demandan esa mano tendida, una pequeña atención o esa simple sonrisa que anime su día. El camino de la pesada mochila, de los problemas que nos acompañan a cada uno, esos que interrumpen nuestros pasos, que cambian la ruta, que nos hacen tropezar y que nos obligan a levantarnos nuevamente manteniendo la ilusión, el entusiasmo y la esperanza en la consecución de nuestros sueños. El camino del amor, el caminar día a día con nuestra pareja creciendo juntos en la tolerancia, el respeto y el entendimiento, procurando su felicidad dándose a uno mismo para también poder recibir. El camino del cansancio, de la derrota, de la renuncia que tantas veces nos obliga a creer en nosotros mismos, en nuestra fortaleza, en nuestra valentía para pelear y vencer el abatimiento y los miedos que asaltan nuestro cerebro. Este otro camino también nos exige un pronto despertar, también tiene kilómetros que recorrer, calor, frío, lluvia o nieve. Tempestades imprevistas que no nos deben impedir apartar la mirada de nuestro objetivo, renunciar a la ruta emprendida para abrazar al Santo y descubrir que el esfuerzo de nuestro día a día, esa semilla que vamos dejando en nuestra vida, tiene un sentido y que sin duda dará su fruto. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"