La importancia de dejar huella en tu vida
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13.01.2019
Jesús Portilla
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¿Te imaginas una fuente con diferentes caños y que de cada uno de ellos saliera un agua viva y fresca que llenara tu cuerpo de vida? ¿Te imaginas poder ser tú esa fuente y disfrutar calmando la sed de felicidad de cualquiera que beba de tu agua? ¿Te imaginas que cuando alguien se acerque a ti encuentre un verdadero agua que sacie la sed de sus necesidades más básicas y le colme de paz? Yo si me lo imagino y me pongo a pensar en ello y en los diferentes caños o fuentes que serían necesarias para saciar la sed actual de paz, de tolerancia, de amor... Últimamente observo con más detenimiento a esas personas que de su «manantial interior» comparten sus conocimientos, su alegría, su bondad y me hacen querer contagiarme de todo aquello que transmiten desinteresadamente y convertirme yo también en esa fuente, fuente de agua fresca y llena de vida contagiando también a quien se acerque a mí. Fuente de amabilidad. Sacando mi sonrisa, atendiendo con cortesía, saludando afectuosamente, abriendo mis oídos para escuchar y mis ojos para ver a quien tengo delante, sintiendo de cerca sus necesidades. Fuente de tolerancia y paciencia. No juzgando ni criticando. Apartando las distracciones o las prisas para poner mis sentidos y mi corazón en todo aquel que necesita comprensión, tiempo y dedicación. Fuente de generosidad. Para no dejar de escuchar, ignorar o desatender, entregando y compartiendo los bienes y los dones que he recibido, así como mi tiempo. Fuente de humildad. Para que el orgullo, la soberbia, la vanidad o el egoísmo, no encuentren cabida en mi corazón y gane siempre la sencillez, la modestia o la moderación. Fuente de alegría. Para que allá donde esté el que se acerque a mí se vaya siempre mejor y más feliz. Fuente de alegría para ver en el mundo toda la belleza que me rodea con optimismo y descubriendo siempre una luz en la oscuridad que pueda compartir con todo aquel que permanece en la penumbra. Fuente de paz. Abriendo mi corazón y mostrando el perdón, el amor y la unión, apartando siempre la ofensa, el odio, el rencor o la ira que pueda ver a mi alrededor. Fuente de esperanza. Para que donde haya desesperación o duda, pueda trasmitir y contagiar la fe, descubriendo la sabiduría y el aprendizaje que esconde cada circunstancia. Fuente de amor. Ese amor incondicional poniendo el alma y el corazón en cada uno de mis actos, apartando el egoísmo, entregando cariño, benevolencia y bondad en todas mis relaciones, sintiendo y haciendo sentir lo que esconde mi corazón y el de quien puedo tener enfrente. Deja que el agua de la «montaña» llegue a ti y conviértete en fuente. ¿Te apuntas? Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
24.12.2018
Jesús Portilla
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Llama a nuestra casa, a nuestro negocio, a nuestro despacho. Se nos ofrece como ayudante, asesor y consejero pero aún siendo sus honorarios gratuitos, nos da miedo dejarle pasar y consultarle, porque no confiamos en Él. Llama a nuestra puerta y siempre oponemos resistencia, sin darnos cuenta que Él está en nuestros acontecimientos, en nuestras ocupaciones, en nuestro trabajo y en nuestro caminar, dispuesto a poner luz donde solo vemos oscuridad. Creemos que nos bastamos a nosotros mismos y no nos damos cuenta de lo que ganaríamos y cuál sería nuestro crecimiento, si en nuestras decisiones y ante nuestros problemas consultáramos con ese consejero permanente que conoce nuestra vida. Pero es que tenemos miedo. Miedo a que su consejo no sea el que más nos agrade. Miedo a que nos pida dar un paso importante que rompa nuestra zona de confort. Miedo a hablar de Él y descubrir ante todos nuestra fe y ser humillados, rechazados o apartados de esos círculos populares. Y es que nos puede el orgullo, el reconocimiento, el aplauso, la vanidad, el narcisismo y nos olvidamos del poder de la humildad, de la generosidad, de la tolerancia, del amor y la entrega allá donde estemos. Nos da miedo escuchar nuestra voz interior, esa que viene directamente de quién más sabe cuál es la mejor decisión y la mejor acción a emprender en cada momento y ante cualquiera que tengamos enfrente. Nos da miedo a ser mejores personas, porque ser mejor persona es mucho más difícil que ser uno más, uno del montón; ser mejor persona requiere saber renunciar; requiere un mayor esfuerzo; requiere sacrificio; requiere pararse a escuchar; requiere ser generoso con tu tiempo y con tus dones, capacidades y cualidades poniéndolas al servicio de los demás; requiere dar sin recibir nada a cambio; requiere ante todo amar. Da miedo a hablar de Dios cuando solo se mira el poder, la ambición y el beneficio, desplazando el verdadero afán de servicio y el lugar que deben ocupar las personas. Da miedo dar una charla, publicar un artículo o sacar en una conversación el tema de Dios, participando sin embargo en críticas, ofensas, humillaciones... sin darnos ningún miedo el daño infringido. Da miedo a hablar de la fe y de la esperanza, pero también del respeto, de la ética, de los valores humanos, de la importancia de la familia, de los hijos, de la educación. Da miedo hablar de Dios y además somos cobardes temiendo que nos vaya a pedir algo que nos comprometa, no dudando en mirar hacia arriba cuando arrecia la tormenta. Llegamos a decir que Él no nos habla, sin darnos cuenta que recibimos mensajes suyos en cada momento ante cualquier circunstancia y con cada una de las personas que se cruzan en nuestro camino, necesitando solo estar atentos y abrir nuestros oídos. Puede dar miedo hablar de Dios e incluso oír su llamada, cuando lo único a lo que hay que temer es al propio miedo, ese miedo que te paraliza. Él está a nuestra puerta y llama. Nos ofrece ayuda, asesoramiento, consejo, pero no confiamos en Él, dudamos de su interés generoso, de la rentabilidad del amor que nos ofrece, sin tener en cuenta que el amor siempre es la mejor inversión, que el amor siempre vence. Él está a nuestra puerta y llama. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores personas, el gran poder de la humildad, de la bondad, de la generosidad, de la escucha, de la enseñanza y del amor, aportando valores y engrandeciendo a las personas repartiendo alegría. Está a nuestra puerta y llama, ofreciéndonos la luz que enfocará nuestro camino día y noche. Esa luz que alumbrará la oscuridad, los obstáculos, las tormentas. Esa luz que apartará nuestros miedos descubriendo la verdadera felicidad que se encuentra en nuestro interior y en cada uno de los que se acerquen a nosotros. Solo hace falta abrir la puerta y descubrir el regalo de un amor incondicional. "Si quieres ser grande, empieza siendo pequeño". Artículo inspirado en el libro «Estoy a tu puerta y llamo» de Slawomir Biela. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
03.12.2018
Jesús Portilla
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Precisamente hoy que iba a escribir este artículo, me he encontrado a un amigo en mi caminata diaria. Yo iba y él venía, pero venía cabizbajo, y ante mi pregunta de si se había unido a los que solemos hacer ese tipo de ejercicio, él me ha aclarado que lo suyo era forzoso porque acababa de sufrir tres infartos. No es que precisamente fuera hablar en este artículo sobre los exámenes que te hace la vida ante el ritmo, el abuso, el exceso y el estrés continuo, pero este encuentro y la conversación mantenida, ha venido ha recordarme lo importante que era no olvidarme del tema de la salud. La vida nos hace exámenes y en lo concerniente a la salud, cuando nos pregunta cómo lo estamos haciendo, debemos reflexionar profundamente, porque en esa nueva oportunidad que se nos ofrece sería muy peligroso sacar un nuevo suspenso. La vida nos hace continuos exámenes para detenernos y reflexionar sobre nuestras decisiones, nuestras acciones, nuestro trabajo, nuestro amor, nuestro orgullo, nuestros valores y en definitiva, sobre nuestro comportamiento ante las diferentes circunstancias de la vida y ante las personas con las que nos hemos cruzado en ese caminar diario. Porque cuando la vida en las preguntas de su examen se refiera a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestra familia, amigos, compañeros, empleados, vecinos, al panadero, al conductor del autobús o a nuestro paciente, nuestro alumno, nuestro cliente..., y nos pida una respuesta clara de cómo lo hicimos con cada uno de ellos, ¿nuestra nota media sería un sobresaliente, un aprobado o un suspenso? Además, seguro que nos preguntará si hemos sido de los pasivos o de los activos, de los que siempre han estado esperando o de los que han salido a dar, si hemos estado en modo supervivencia o en modo crecimiento, o tal vez —si en nuestro caminar diario—, hemos construido puentes, tendido lazos y estrechado manos. Habría que reflexionar y mucho, pero no solo cuando la vida nos hace el examen, sino cada noche y antes de dormir, para que ante la oportunidad de un  nuevo día, saquemos ese sobresaliente o al menos ese notable que necesita nuestra acción o decisión. Pero ante todo, cuando la vida nos haga el examen, debemos de hacernos la pregunta de si hemos perdido el tiempo, y si es así y sabiendo que el tiempo no se recupera, aprovechar al máximo los años, meses, días, horas o minutos que nos queden, para que nuestros nuevos actos nos lleven a alcanzar la mejor calificación. El examen de la vida, seguramente nos obligue a «repetir curso» para dedicar mucho más empeño a esas «asignaturas» a las que no le hemos prestado la atención que necesitaban. ¡Ojalá nos de esa nueva oportunidad! Nunca va a importar dónde hemos llegado, sino cómo hemos llegado. Porque el cómo es el que nos va a dar el acceso al aprobado, al sobresaliente o a la matrícula de honor. No se va a tratar de cuánto tiempo vivimos, sino de cómo lo vivimos. ¿De qué nos sirve vivir mucho si nuestro caminar estaba falto de sentido? Nunca van a importar los años que vivamos, sino cómo los vivamos. Ése es el gran examen que la vida nos va  hacer. Hoy, en este momento, ahora, la vida nos está haciendo un examen brindándonos nuevas oportunidades para mejorar, para cambiar, para crecer y para recuperar la salud física, pero también para recuperar la salud en valores, esa que regala felicidad y alegría a los que se cruzan en nuestros caminos. Esta vida fantástica y generosa nos hace exámenes para nuestra superación, para nuestro crecimiento personal y para recuperar el tiempo perdido, poniendo ante nuestros ojos nuevas oportunidades. Muchas son las «asignaturas» por las que nos va a examinar, no sabiendo cuándo y si de verdad nos regalará una nueva oportunidad, pero hoy podemos empezar a reflexionar y mejorar antes de que ya no podamos «repetir curso». Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"