La importancia de dejar huella en tu vida
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El podio de los triunfadores

 

 

 

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16.05.2020
Jesús Portilla
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Todos nos hemos encontrado a personas que nos han irradiado luz con sus palabras, con su comportamiento o con su actitud en la vida y nos han hecho desear parecernos a ellos. Personas que destacan por su paciencia y tolerancia, personas humildes y sencillas que te transmiten paz y aceptación; personas generosas siempre dispuestas a ayudar y a ponerse al servicio de los demás; personas con las que merece la pena pararse y simplemente escucharles u observar lo que hacen, lo que dicen y cómo lo dicen; personas que dejan y han dejado huella en el mundo y en su paso por la vida; personas que no solo mantienen ciertos valores sino que también practican las virtudes y las transmiten a los demás; personas que han estado en nuestra boca con una pregunta: ¿cómo lo haces? Y estas personas son precisamente las mejores para aprender de ellos.Debemos recordar que las virtudes son hábitos buenos que nos llevan a hacer el bien, nos hacen crecer como personas, son rectos comportamientos que regulan nuestros actos. La persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la prudencia, una de las principales virtudes. Esas personas que se mantienen apartadas de las críticas, de opiniones que pueden crear conflicto, de conversaciones que pueden dañar a otro, de noticias que buscan crear polémica y destruyen en vez de aportar valor; personas que no se precipitan en sus decisiones y acciones prefiriendo conocer aplicando los principios morales, ya que la prudencia guía directamente el juicio de conciencia.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la justicia. Esas personas que lejos de buscar intereses personales y particulares, busca siempre dar al prójimo lo que es debido, respetando los derechos de cada uno, rectos en sus pensamientos y en su conducta, con la máxima moral y ética para no hacer daño a nadie.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la fortaleza. Esas personas que aceptan y cumplen con sus responsabilidades venciendo los obstáculos; personas que vencen sus miedos y luchan contra la adversidad. Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la templanza. Esas personas que dominan la voluntad controlando sus instintos; personas que se dominan a sí mismo en sus pensamientos, en sus decisiones y en sus acciones transmitiendo su paz interior con su mansedumbre y serenidad.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la humildad. Esas personas que rehuyen el reconocimiento o la alabanza no presumiendo de bienes, dones, cualidades o capacidades, mostrándose siempre sencillos en su hablar y en su obrar.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican el perdón. Esas personas que saben reconocer sus errores y saben pedir disculpas, siendo a su vez compresivos y tolerantes, aceptando el perdón de los demás dando nuevas oportunidades.Aprender de los mejores es fijarnos en esas personas que practican la generosidad. Esas personas que comparten, transmiten y contagian a los demás con sus conocimientos y sabiduría, poniendo sus bienes y sus dones a su servicio.Aprender de los mejores desde el punto de vista personal y humano es la gran enseñanza que siempre nos dirige a descubrir cual es el verdadero sentido de la vida haciendo de nuestro trabajo, de nuestra relación con los demás, de nuestro caminar por la vida y de nuestras decisiones, el sobresaliente en el « gran máster del amor al prójimo y de la felicidad».Muchas gracias por estar aquí y compartirlo. "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz""Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
01.05.2020
Jesús Portilla
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En el anterior artículo os preguntaba qué ibais a hacer vosotros después de la experiencia vivida con este virus, pero más de uno dirá: Y tú, Jesús, ¿qué piensas hacer los años de vida que te queden? ¿Vas a cambiar en algo? Nos gustaría saberlo. Pues sí, muchas veces os pregunto demasiadas cosas, pero no doy a conocer claramente mis pensamientos. No sé cuándo, ni cómo, ni dónde pero lo que sí sé es que quiero ser mejor persona. No me quejo de mi vida, al revés, doy gracias por las maravillosas experiencias vividas y porque los reveses que he tenido me han hecho crecer y querer mucho más a quienes estaban a mi lado: mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanos, mi familia, aquellos verdaderos amigos, a todos los que se han cruzado en mi camino y por supuesto, por tener a Dios siempre cerca de mí. No sé si he dado todo lo que se me pedía con los dones y bienes que he recibido, más bien creo que no, que aunque no me considero mala persona muchas veces me he quedado bastante corto en  mi templanza, en mi amistad, en mi generosidad, en mi bondad, en mi entrega y disposición. El caso es que me he dado cuenta de estas cosas poco a poco, pero aún así, sigo siendo un cobarde no implicándome demasiado y manteniéndome en esa zona de confort que conozco y que me permite cierta tranquilidad. También es cierto que creo que el tiempo, las experiencias y sobre todo esas personas por las que uno tiene que quitarse el sombrero, me han hecho mejorar. A pesar de lo que uno piensa sobre la gran maldad que nos rodea, hay muchas personas escondidas que demuestran cada día que existe mucha bondad y un gran amor en el mundo. Pero hace falta querer verlos, descubrirlos, sentirlos y aceptarlos, porque muchas veces no nos va a gustar lo que nos dicen o nos van a hacer descubrir cosas de nosotros mismos que están ahí y hacen daño a la gente. Me he dado cuenta de que el trigo no nace donde la semilla no ha sido sembrada. Creo que algo de semilla sí he sembrado y alguna huella mía ha quedado en el camino, pero nunca es suficiente para el fruto que se necesita. Mi egoísmo, mi soberbia y cobardía me han hecho y me hacen «escaquearme» cada vez que puedo o cada vez que no me gusta mucho la tierra donde hay que sembrar. Creo sinceramente que tengo que mejorar, aprender de todas las enseñanzas que he recibido de una manera o de otra y ser mejor persona, sin egoísmos, sin intereses ocultos, sino solo el de hacer feliz a la gente que se cruce en mi camino; evitar las lágrimas y las ofensas, procurar sonrisas y dirigir mi camino hacia el cielo a través de ellos. Por eso reflexiono sobre todo esto y hay muchas cosas que voy a procurar hacer los años que me queden y para eso, también os pido ayuda a vosotros para cumplir con mi propósito. Empezaré diciendo que quiero defender más a la familia, lo que más quiero. Siempre la he defendido, pero en todo aquello en lo que he errado me gustaría corregirlo o mejorarlo: con mi mujer, con mis hijos, con mis nietos, dando además testimonio y contando mis experiencias a todo aquel que le pueda interesar. Quiero proclamar y testimoniar con toda mi fuerza y valentía, que el amor existe y que si se quiere es posible para toda la vida. Me he dado cuenta que nunca se ama suficiente porque uno es egoísta, por eso quiero ser más generoso con mi amor. Tengo que crecer en humildad y ser menos egoísta. Me gusta demasiado el reconocimiento y que se fijen en mí y en las cosas que hago, cuando precisamente la humildad es la que te hace sobresalir. Cuidar mis palabras, mis gestos, mis miradas. Aunque la mayoría de las veces pretenden dar cariño o dar consejo y orientación, las formas, el tono y la falta de prudencia destruyen aquello que tenía un buen fin y podía dar buen fruto. No ser tan tímido o no busquemos esa excusa, digámoslo claro, no ser tan cobarde, sobre todo cuando se me requiere para una acción que no está en mis planes. Mi valentía y la generosidad con mi tiempo deja mucho que desear y selecciono bastante el qué y el para qué. Puede que esto sea lo lógico y parezca que está bien, pero muchas veces me hace sentir que mi nivel de entrega es mínimo. Aprender a pedir perdón y perdonar. Me cuesta más pedir perdón a la familia que a las demás personas con las que me relaciono. Quiero hacer prevalecer mi razón por orgullo, sin detenerme a escuchar y valorar la de los demás. No tengo demasiado problema en perdonar, ya que no soy rencoroso, pero siempre quedan por ahí, hechos, circunstancias que se me han quedado grabadas y lamentablemente salen de vez en cuando al exterior. Apartar de mí la crítica, el enjuiciamiento, la intolerancia. Sobre todo con determinadas personas que me desquician y a las que siempre juzgo sus actos hagan lo que hagan, con poca o ninguna paciencia. Más que intentar comprender su comportamiento o aceptar su forma de ser, al igual que uno y otro acepta la mía, mi orgullo o mi soberbia busca siempre el interés oculto de determinadas actuaciones de algunas personas juzgándoles sin derecho a defensa alguna. Amar al prójimo. Quiero aprender a querer más y mejor. Y no solo al que me cae bien sino al pesado, al que no aguanto, al que me irrita solo con verle venir, a ese que para mí tiene mil y un defectos. Francamente me parece bastante difícil y creo que va a requerir bastante entrenamiento, pero estoy seguro que en la medida que mi actitud cambie, la suya también cambiará o yo mismo le miraré con otros ojos. Estoy convencido que otros lo hacen conmigo, ¿por qué no lo voy a hacer yo también? Sentir a los demás, entrar dentro de ellos y escucharles. ¿Cuántas veces mi nivel de atención es cero ante los demás? Estoy tan absorto en mis cosas que las de ellos me importan poco, me aburren o me distraen. Sin embargo critico cuando veo que la persona que tengo enfrente no me está haciendo ni caso y no se está enterando de nada de que me ha preguntado llegando a sentirte despreciado, ignorado o estúpido porque estás hablando solo. Buscar lo bueno de lo malo. Y es que la mayoría de las veces esas circunstancias que se ponen en mi camino que me desesperan, me irritan y me hacen preguntar por qué, me han demostrado que debían ocurrir para mejorar y darme cuenta de comportamiento o errores que estaba cometiendo. Lo malo, no es malo, simplemente parece que es así en el momento que ocurre, pero cuando pasa el tiempo, nos damos cuenta de lo bueno que era aquello que pasó para llegar a donde hemos llegado. Aprender de los demás. Poner por obra las enseñanzas, testimonios y ejemplos que recibo por parte de tantos «santos» que se cruzan en mi camino y que hacen que mi corazón lata con más fuerza. Llevar mi sonrisa y alegría a todos. Siempre me han dicho que sonrío y que transmito alegría, pero si alguna vez mi sonrisa no ha sido sincera o ha sido hipócrita, me gustaría mejorarla para que nunca sea falsa. La verdad es que uno se siente bien cuando alguien te dice que les has animado con tu saludo, con tus palabras, con tu abrazo. ¡Es tan fácil sonreír! Hay un principio de la madre Teresa de Calcuta que suelo seguir: No dejes que nadie se acerque sin que al irse se vaya mejor y más feliz. Aunque con todo lo que os estoy contando, ya veis que no lo cumplo a rajatabla. Mirar más hacia arriba. Para mirar hacia adelante hay que mirar hacia arriba. Sin miedo, con valentía, poniendo todo en mano de Dios y que la gente lo vea. Soy católico, estoy orgulloso de serlo y sin embargo me da vergüenza incluso santiguarme en la calle por el qué pensarán y el qué dirán. Deseo crecer en la fe, aprender de los que nos dan lecciones a diario o de los que han dejado escritas sus experiencias habiendo dejado grandes huellas. En definitiva, quiero ser mejor persona, procurar sacar siempre lo mejor de mí, crecer en valores y virtudes haciendo feliz a todo aquel a quien yo me acerque y a todo aquel que se acerque a mí. El hecho de haberme puesto a reflexionar sobre todo lo que debo mejorar, me ha llevado a ver la cantidad de cosas en las que meto la pata a diario y en las que tengo que poner muchísima más atención. Uno va por el mundo creyendo que es el mejor, el más simpático, el más listo y no se da cuenta de lo miserable que es y el daño que hace simplemente con su indiferencia. Cuesta tan poco regalar alegría que no sé por qué la vendemos tan cara. ¿Te apuntas a ser mejor persona? Por favor si te enteras de que no cumplo con algo de esto o se me olvida demasiado a menudo, recuérdamelo. Muchas gracias. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"
15.04.2020
Jesús Portilla
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Estos días me están permitiendo reflexionar mucho sobre nuestra verdadera misión en la vida y sobre la necesidad que tiene el mundo de parar y —si no volver a empezar—, observar de cerca las circunstancias y los obstáculos que se nos ponen en el camino para preguntarnos si verdaderamente ese es el camino a seguir o debemos de coger otro que aparentemente es menos atractivo, pero que los más santos dicen que es el que te lleva a la felicidad. El mundo va demasiado deprisa en busca del «tesoro escondido» que para unos es el éxito, el triunfo, el dinero, el poder y la gloria, y para otros que —al parecer son los menos—, ese tesoro escondido está simplemente en el interior de las personas, en su corazón y se llama amor. Un amor que es capaz de cambiar el mundo, hacerlo más humano regalando alegría y felicidad. Estamos tan perdidos que pasamos ejerciendo una traición continua a todo lo que nos ha sido regalado. Fuimos creados para ser buenos, pero se nos ha olvidado. Cada uno entiende la bondad como quiere y la aplica o pone en práctica según el interés o el beneficio propio que va a obtener de ella. Apartar de nuestro lado a las personas que suponen un obstáculo en ese supuesto camino hacia la gloria, se ha convertido en una costumbre que cada vez traiciona y destruye más y más todo lo humano, así como la belleza del mundo y todo lo creado, pero sin embargo no logra colmar ese vacío permanente que cada uno pretende llenar con falsas ilusiones, ya que el corazón está roto y ha dejado de latir. Escuchaba hace unos días en una charla de la Madre Olga María del Redentor: «Hace falta pasar por el desierto para ser mejores, porque el desierto es un lugar de cambio, un estado de crecimiento para descubrir la nada y el todo; un lugar de prueba, donde sale lo mejor y lo peor de cada uno». Ahí es donde se nos presenta la lucha por cambiar y mejorar o la renuncia y el abandono ante lo imprevisto por nuestra soberbia y autosuficiencia. Porque como decía en un artículo anterior, ¿dónde reside nuestra seguridad? En ese desierto que se ha presentado en nuestra vida de nada nos sirve nuestro currículum, nuestros títulos y nuestras posesiones. Este desierto es donde se cursa el gran y verdadero «máster de humildad»; un máster que nos pone a cada uno en su sitio, nos dice que no somos nada ni nadie y que solo somos lo que hacemos. Con nuestro comportamiento continuo de deshumanización, parece que el universo ha entendido que pedíamos el abandono total a las personas. Por eso nos ha enviado hacia un gran desierto, un mundo solitario lleno de grandes ciudades y grandiosos rascacielos, pero con las calles vacías y todas las personas confinadas para que no nos podamos acercar unos a otros. ¡Menuda llamada de atención contra la hipocresía! Cuando sucede lo inesperado, cuando uno entiende hasta donde llega su fragilidad o su pequeñez y la poca importancia que tiene el futuro, si no nos preocupamos del presente, es cuando se nos presenta la verdadera oportunidad de cambiar; una oportunidad para vigilar el corazón y conseguir que vuelva a latir. Leía hace tiempo en este artículo sobre la alegría: «Cuando el corazón es fuente que vivifica todas las acciones, reacciones y actitudes todo adquiere una dimensión positiva. Lo que uno es y siente en cada desafío cotidiano, tiene su razón de ser en lo que pervive en el fondo del corazón. Lo dice con claridad el libro de los Proverbios: «Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida». De ahí la pregunta que debiéramos hacernos cada uno: ¿qué reina en mi corazón? Dile a tu corazón que vuelva a latir. Tú puedes hacerlo.Que recobre la alegría, la esperanza, la paciencia, la generosidad; que no sea insensible, que se vuelva humano, que abra tus oídos al que necesita que le escuches, que suelte tu boca para hablar con quien necesita tu ánimo, que te haga tomar las decisiones más justas, que despierte en ti de nuevo la bondad y el amor, que te haga descubrir el interior de las personas, que te haga ser generoso. Tiene que latir con fuerza para llevar alegría donde reside la tristeza. No puedes permitir la muerte de tu corazón. Ha llegado el momento de despertar para estar seguro de que no estarás dormido cuando salga el sol. Para que el nuevo amanecer te encuentre despierto. Para que las ideas y las acciones puedan llevarse acabo. Para que cuando alguien transmita sabiduría, puedas escucharle con atención. Para que cuando alguien necesite ayuda estés atento, activo y dispuesto a echar una mano. Para que tus ojos puedan ver con claridad más allá de lo que se ve y puedas apreciar cada mínimo detalle de la grandeza del mundo y de las personas que te rodean. Deja engrandecer a tu corazón. Para entender el desierto, necesitábamos ver en el oasis a esos héroes escondidos, esos mensajeros de alegría, los verdaderos santos que están a nuestro lado que hacen que el mundo aplauda y se llene de lágrimas al comprobar su amor, su valentía, su disposición y la entrega desinteresada de su vida por despertar a tantos corazones dormidos y tantos corazones con ganas de latir. Buena mención la del Papa Francisco: «Pienso en los santos de la puerta de al lado en este momento difícil. ¡Son héroes! Médicos, religiosas, sacerdotes, operarios y trabajadores que cumplen con los deberes para que la sociedad funcione. ¡Cuántos médicos y enfermeros han muerto! ¡Cuántos sacerdotes, cuántas religiosas y cuantos voluntarios han muerto sirviendo! Si reconocemos este milagro de los santos de al lado, de estos hombres y mujeres héroes, si sabemos seguir estas huellas, este milagro terminará bien para bien de todos. Dios no deja las cosas a mitad de camino. Somos nosotros los que las dejamos y nos vamos. Estamos viviendo un momento de conversión y es la oportunidad de hacerlo. Hagámonos cargo y sigamos adelante». Cuando tú no puedes con tu alma, es cuando el Señor actúa. Sin embargo cuando piensas que tú puedes con todo, ¿para qué te va a ayudar Dios? Somos frágiles, pero tenemos grandes dosis de soberbia. A Dios no le hacen falta  los «grandes triunfadores» del mundo actual.  Los más grandes que eligió Jesús eran los más pobres, los más humildes, los más ignorantes, pero capaces de dar su vida y su amor por quien lo necesitase, al igual que tantos santos que han pasado por la vida humildemente pero dejando una gran huella; al igual que estos héroes escondidos de la puerta de al lado que con su amor de cada día, logran que el mundo viva. El mundo necesita estos referentes valiosos que son los verdaderos triunfadores, los héroes que se miden por su calidad humana, por su manera de ser, por su cariñosa mirada, por su forma de hacer sentir paz y tranquilidad regalando amor, alegría, confianza y fe. Ser buena persona es una elección y todo lo que estamos aprendiendo en este desierto nos exige elegir ese único camino para hacer un mundo mejor. Y tú, ¿qué piensas hacer? Con mi ánimo, agradecimiento, reconocimiento y aplauso a tantos y tantos santos que están siendo un ejemplo de amor al prójimo cada día. Muchas gracias por estar aquí y compartirlo.  "Solo podemos iluminar el mundo si transmitimos luz" "Solo podemos dejar huella con nuestra acción continua"